“Recuerdo que un familiar de un menor nos compartió algo que le había llamado especialmente la atención de nuestro trabajo. Nos dijo que, después de observarnos durante varias sesiones, se había dado cuenta de que había una gran diferencia respecto a otros gabinetes en los que había estado: le hablábamos a los niños con total normalidad, como hablaríamos con cualquier otra persona.

 

Aquello le sorprendió. Y fue entonces cuando le expliqué desde dónde trabajamos: partimos de la certeza de que los niños son capaces de entendernos y de responder a lo que les proponemos, hasta que nos demuestran lo contrario.

 

No anticipamos sus límites. No reducimos el lenguaje ni las expectativas de partida. Les ofrecemos una mirada de capacidad, de confianza. Y es solo cuando observamos que todavía no pueden comprender o alcanzar lo que se les pide, cuando ajustamos poco a poco el nivel de exigencia, acompañando hasta encontrarnos realmente con su punto de desarrollo.

 

Para muchas familias, este pequeño detalle marca una gran diferencia. Porque no solo cambia la forma de intervenir, cambia la forma de mirar al niño.”

imagen de acompañamiento emocional